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16noviembre

Por Fernando Maldonado, analista principal en Delphos Research

 

En una imagen que ha dado la vuelta al mundo, aparece Hillary Clinton con la mano levantada saludando a un público que le da la espalda. Sonriendo y aceptando de buen grado que a su alrededor todos quieran hacerse una autofoto – selfie- con ella al fondo. Esta instantánea muestra cómo esa tecnología cotidiana, sin la cual ya no podemos vivir, modifica cómo nos relacionamos con nuestro entorno; generando esta situación a caballo de lo cómico y lo extraño. Una señal de que aún no terminamos de asimilar la colisión de lo digital con lo analógico.

hillary

Foto por: Barbara Kinney, Hillary for America

Ya no existe un yo y un alter ego digital, ambos convergen, son lo mismo. Y esa tecnología que nos acompaña en todo momento, deja un rastro de datos susceptibles de ser explotados por las empresas para ofrecernos servicios que cubren nuestra demanda de inmediatez y personalización. Su precio es que tenemos que ceder parte de nuestra privacidad. El trato parece justo: conveniencia a cambio de privacidad. Pero, aunque un dato aislado parezca inocuo, cuando se combina con otros y se pasa por el tamiz de los algoritmos, el resultado puede ser intrusivo, discriminatorio o excluyente.

Hasta la fecha hemos vivido bajo una regulación que fue creada antes de que empresas como Facebook o Google formaran parte de nuestra cotidianidad. Pero una nueva regulación europea entrará en vigor en 2018. Y esta, a diferencia de sus predecesoras, considera que los datos son un activo esencial para la competitividad de las empresas y anticipa un uso intensivo de datos personales – Geolocalización, vídeo, voz, etc.- por su parte, lo que convierte la privacidad en un aspecto central de la misma. Por eso exigirá que esta, la privacidad, esté por diseño en los servicios de las empresas. Pero ¿cómo respetar la privacidad al mismo tiempo que se impulsa la competitividad de las empresas? El regulador da respuesta a esta difícil pregunta, aunque entenderla requiere que particulares y empresas la observen desde una nueva perspectiva.

Como particulares tenemos que desterrar la idea de que en torno a nuestra privacidad la decisión es blanco o negro. Existe toda una gama de grises. Para ello necesitamos identificar qué factores definen nuestra propensión a ceder parte de la misma. Más allá del valor recibido a cambio, debemos considerar aspectos como la confianza, la transparencia, el control, …  Y aquí es dónde debe producirse un cambio de mentalidad: nuestro concepto de privacidad tiene que evolucionar, pero tiene que hacerlo a partir de una mayor comprensión sobre la misma para así decidir qué grado queremos tener. Esto significa que debemos preguntarnos cosas. Algunos ejemplos: ¿Está bien custodiada la información? ¿Existen medidas de seguridad que eviten su robo?, ¿quién tiene acceso?, ¿puedo borrar o modificar la información que tienen sobre mí?, ¿puedo decidir qué datos se recogen y cuáles no?, ¿puedo acceder a la información que existe sobre mí y “auditar” el uso que se está haciendo?, ¿cómo se va a beneficiar la empresa con mis datos?, ¿los va a vender o compartir con terceros? o ¿cuál es el valor que aporta a la sociedad?

Como empresas, las primeras reacciones a la ley provienen del área legal y de seguridad informática. En el primer caso interpretándola y en el segundo pensando cómo implementarla. Pero es una regulación que debe llegar al negocio porque no se trata solo de su cumplimiento, de si dará tiempo a estar preparados cuando entre en vigor, de cómo establecer prioridades o en qué circunstancias va a ser preferible pagar una multa. No, de lo que hablamos es de una regulación que establece las reglas del juego para competir en un nuevo marco, el de la economía del dato. Y es aquí donde debe producirse el cambio de mentalidad.

Por ejemplo, todos esos datos de los clientes que las empresas almacenan y analizan son de ellos y el regulador exige que se pongan los medios para que puedan portarlos de un proveedor a otro. Mientras algunas empresas siguen preguntándose cómo lo llevarán a cabo para cumplir con la regulación y evitar una posible multa, otras van un paso más allá barruntando estrategias que permitan que sus clientes traigan sus datos de otros sitios. Especulemos juntos sobre este punto: ¿Qué servicios podría construir un banco o un operador de telecomunicaciones con los datos que almacenan sobre nosotros alguno de los gigantes de Internet?

Soy optimista respecto al uso que las empresas van a hacer de nuestros datos personales, que más allá de la regulación se van a autorregular, que incorporarán criterios éticos en sus algoritmos y que incluso en algún momento el uso que hacen sobre los datos de sus clientes formará parte de su responsabilidad social corporativa. También soy optimista sobre nosotros, los particulares, que adquiriremos una mayor comprensión sobre qué factores debemos considerar en la definición del grado de privacidad que queramos tener. Y, por último, creo que una vez que todos adoptemos una nueva mentalidad, la regulación sentará las reglas del juego de un nuevo mercado.

Hillary Clinton entiende que los tiempos están cambiando, que estamos fuertemente tecnificados y queremos ser los protagonistas … Pero ser el centro de atención en un mundo donde lo digital y lo analógico convergen, obliga a evolucionar el concepto de privacidad. Solo así encontraremos la llave que abre la economía del dato.

 

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