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08abril

Ángel Luis Sucasas (Madrid)

Un jarrón poliédrico se va generando de la nada. Una fresadora corta la tapa de una mesa-maceta. Un láser puntea un cartón con una precisión que permite precisar las constelaciones del firmamento. Son las protagonistas tecnológicas de un cambio de la transformación digital que va a reinventar los objetos más mundanos, desde una camiseta, a unas gafas, a una pieza de joyería. Pero el trabajo artesanal, tanto en los bocetos previos a cada objeto a crear como en la personalización del mismo y sobre todo en el conocimiento que tiene que adquirir el diseñador, no desaparece.

Es la paradoja que se vive en un fab-lab, centros de prototipado en los que se diseñan proyectos para crear, mediante el diseño digital, cualquier utensilio de nuestro espacio físico e incluso de nuestro cuerpo, mediante implantes, prótesis o incluso trasplantes de órganos. RETINA ha visitado junto con EL PAÍS VÍDEO uno de estos centros, el que gestiona el Istituto Europeo De Design de Madrid (IED Madrid).

Revolución en el prototipo

Las tecnologías de transformación digital viven un momento de estallido. La curva de Gartner de expectativas sobre la impresión 3D, activa desde 2005, muestra cómo se han disparado para el sector médico. La industria de prótesis impresas en 3D ha superado ya los 13.000 millones de euros de facturación. Sin embargo, el deseo de tener una impresora en 3D en el hogar ha bajado al chocarse con una realidad ignorada sistemáticamente por los medios: la impresión 3D todavía es una tecnología lenta y limitada.

“Es, desde luego, la más famosa. Y también la que menos usamos en el fab-lab”, explica Daniel García, mánager del Fab-Lab IED Madrid. “Se usan sobre todo para piezas que consideramos complejas, como en joyería, que no pueden hacerse con un fresado. Por ponerte un ejemplo, en una pieza que se pueda crear con las dos tecnologías, el fresado nos tardaría una hora y media y la impresora 3D ocho horas. Y además no podríamos replicar esa pieza en impresión 3D, al menos no con el mismo acabado, porque los moldes que sacas no tienen la misma calidad”.

Hay dos mitos a derribar para que la percepción pública de la impresión 3D se ajuste a la realidad. Según García, el primero es la sensación de que la tecnología habilita al neófito. “Una persona se compra una impresora 3D y ya se piensa que puede hacer cualquier cosa. Cuando no tiene ni idea de lo básico, por ejemplo cómo usar un software de diseño 3D. La tecnología se ha abaratado mucho por haber caducado las patentes y eso ha hecho que el usuario asuma que puede usarla sin un esfuerzo grande de aprendizaje. Cuando ve que no es así, empieza la curva de frustración”. El otro mito en el que insiste García son los tiempos. “Toda la manipulación de vídeos de Youtube que reproducen el proceso a cámara rápida o que hacen la trampa del corte plasmando solo el principio y el final de la fabricación. Y claro, así la gente lo ve y se piensa: ‘Oh, voy a poder sustituir ese manguito que se me ha estropeado de mi lavavajillas en un minuto, ya me lo hago yo’. La impresora no es una termomix”.

“No hay que pensar en nosotros como fábricass, sino como centros de prototipado”, Daniel García, mánager del fab-lab del IED Madrid.

La verdadera revolución que supone un fab-lab se encuentra, por el momento, en la primera fase de la creación de un objeto: el prototipo. “No hay que pensar en nosotros como fábricass, sino como centros de prototipado. En eso ahorramos ahora, con mucha menos inversión, una cantidad enorme de tiempo. Para que te hagas una idea, una plancha compleja que antes nos llevaba cortarla media hora, ahora, con una cortadora láser, la tenemos lista en menos de un minuto. Y en un día podemos probar dos o tres versiones de un producto. Antes en una podías perder dos semanas”, apunta Ignacio Prieto, có-manager del fab-lab. La clave de este ahorro es la flexibilidad de la materialización de las ideas. Se puede fallar más, más rápido y a mucho menos coste en la fase esencial de la producción de un objeto.

La reinvención de los objetos cotidianos

Kaito es una palabra tailandesa compuesta con dos lexemas: kai (huevo) y to (mesa). El huevo es un símbolo planetario de la fertilidad y también del génesis. La gran serpiente Ofión y la diosa primigenia Eurínome copulaban para alumbrar el huevo cósmico en la leyenda del origen del mundo helena, según cuenta el mitólogo Robert Graves en la obra Los mitos griegos. Pero Kaito es también una mesa transparente con una planta en su interior, el trabajo que están desarrollando dos alumnos del IED dentro de su fab-lab.

“Queríamos integrar las plantas en el hogar de una manera innovadora”, explica Victor Guerrero, uno de los artífices de este proyecto. “Todo el  mundo tiene las plantas en un macetero, que ocupa espacio. Queríamos coger un objeto del hogar e integrar en él las plantas”. El objeto final ha sido una mesa transparente diseñada con software por ordenador y posteriormente prototipada empleando las máquinas del fab-lab. El resultado final cuenta hasta con una ingeniosa solución para poder iluminar las plantas sin el engorro de cables que salgan del mueble. La tapa que cierra el vaso que contiene la planta se carga por usb y permite asociarle iluminación led.

Otro ejemplo de objeto cotidiano que se beneficia de estas tecnologías. Las gafas que diseña la startup Nina & Quiche. El acabado de sus gafas de madera no puede ser más artesanal, usa una técnica turca de estampación de color por la que se generan diseños aleatorios y abstractos que permean la montura. Su CEO y cofundador, Daniel Fichera, es un convencido de estos espacios: “Hemos estado experimentando junto con el fab-lab tanto para el empaquetado como para futuros modelos. Lo que nos permite usar la impresión 3D es prescindir de los moldes en la fase de prototipo, lo que supone un ahorro de costes muy interesante”.

A pesar del interés que despierta el espacio, Ignacio Prieto, comanáger del fab-lab, cree que España aún se encuentra en una etapa “balbuceante” para explotar todo el potencial de estos nuevos centros de prototipado. “Se da el problema de que un alumno puede pasar de las aulas directamente a una gran compañía  sin haber tenido la experiencia de trabajar en una pequeña o mediana empresa, donde se ve lo vital que es prototipar. Es un coste que tiene que ser incluido siempre en el presupuesto de un proyecto, porque en diseño hay que fallar mucho antes de llegar a la mejor solución”. El fab-lab ofrecerá la posibilidad de alquilar el espacio y su tecnología para aquellos emprendedores que deseen prototipar su idea, además de su conocimiento para facilitar el aprendizaje y la realización del proyecto. Prieto no puede dar aún el precio que tendrá este alquiler por persona, pero dice que una estimación “razonable” rondaría los 100 euros.

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